La Sonrisa de la Guerrera

Historia de superación

Víctor

Mi corazón no podía latir con más fuerza aquel 18 de octubre de 2012. Después de un embarazo lleno de dificultades: reposos obligados, diabetes gestacional y vómitos constantes, ¡por fin llegó el gran día! A las 40…

Víctor
Adultos

Mi corazón no podía latir con más fuerza aquel 18 de octubre de 2012. Después de un embarazo lleno de dificultades: reposos obligados, diabetes gestacional y vómitos constantes, ¡por fin llegó el gran día! A las 40 semanas exactas, en un parto de ocho horas, pude abrazar a mi pequeño Víctor. Jamás olvidaré la emoción de mirarle a los ojos por primera vez, ni la presencia incondicional de la Dra. Bea Gómez, ginecóloga y amiga, que me cuidó con tanto cariño durante todo el embarazo. A ella le debo mucho más de lo que jamás podré expresar.

Sin embargo, aquella alegría pronto se tiñó de incertidumbre. Mis niveles de azúcar exigían que un pediatra revisara a mi bebé, y enseguida noté algo extraño: roncaba mucho y, al darle el pecho, aparecían burbujitas en su naricita. La Dra. María Sánchez lo examinó de nuevo, y aunque me tranquilizó diciendo que era un niño precioso, a los pocos minutos se confirmó una sospecha aterradora: la sonda no pasaba.

Víctor

En cuestión de horas, nos trasladaron de urgencia al Hospital General de Alicante. Aún recuerdo cómo me temblaban las piernas al oír a un médico decir que Víctor “era incompatible con la vida” si no se operaba cuanto antes. A pesar de aquella frase desgarradora, debíamos esperar al cirujano.

La primera luz de la mañana trajo un rayo de esperanza: el Dr. Alejandro Encinas entró en mi habitación con un gesto serio, aunque afable, y confirmó el diagnóstico: atresia de esófago . Explicó que la cirugía era urgente, y yo apenas lograba comprender nada de sus términos médicos. Sólo cuando me lo dibujó en un papel comencé a entender la gravedad de la situación.

Prepararon el quirófano sin perder un segundo, mientras mi mente se debatía entre el miedo y la necesidad de mantener la calma por mi bebé. Fueron más de ocho horas interminables, en las que yo apenas podía concentrarme en otra cosa que no fuera sacar leche para congelarla; en mi cabeza sólo resonaba la palabra “lucha”: la de mi hijo contra su propia anatomía, la mía contra el terror de perderlo.

Víctor

Cuando el doctor apareció por la puerta con una sonrisa, sentí que el mundo entero se iluminaba. ¡La operación había salido bien! Mis gritos de alegría eran tan intensos que asustaron incluso a mi familia, que esperaba ansiosa en el pasillo. Me abracé a quien tuve más cerca, agradeciendo a la vida aquella oportunidad.

La primera vez que vi a Víctor en la UCI neonatal, mi pecho se estrujó. Estaba rodeado de sondas y cables, en una incubadora cuya mera visión me rompía el alma. Pero nada me importaba más que esos segundos en los que podía mirarlo, acariciar sus manitas a través de los guantes estériles y decirle que lo amaba con todo mi ser. Fueron días que se hicieron eternos, con pitidos de máquinas que alteraban cada fibra de mi cuerpo y un

ritual estricto de desinfección que incluía lavar mis manos, ponerme bata, gorro, patucos y, de nuevo, gel antes de tocar a mi bebé.

Compartí esos momentos con otras madres en la sala de lactancia, donde nos extraíamos leche para alimentar a nuestros pequeños. Nos unía el mismo miedo y la misma esperanza. También estaban allí nuestros familiares, que sólo podían asomarse unos escasos minutos a través de una ventana, con los ojos llenos de ternura y preocupación, deseando ver a nuestros bebés, aunque fuera tan sólo un instante.

Hubo contratiempos difíciles, como un neumotórax que obligó a la UCI a cerrarnos el paso para atenderlo con urgencia. Aun así, mi pequeño guerrero siguió luchando con una fuerza que me enseñó más que cualquier libro de maternidad. Y por fin, a los doce días, viví un momento que llevaré grabado en mi corazón para siempre: pude sostener a mi hijo en brazos. Entre cables, sondas y un chupete gigante, sentí el calor de su cuerpo, su respiración pausada, y entendí que aquella vida, tan frágil y tan fuerte al mismo tiempo, era mi razón de ser.

Las enfermeras de la UCI del Hospital General de Alicante fueron ángeles para nosotros, enseñándome cómo bañarlo, cómo curarlo y acompañándome cuando mi propia fortaleza tambaleaba. Y llegó la noticia más anhelada: pronto pasaríamos a la unidad de cuidados intermedios y, si todo iba bien, en pocos días nos darían el alta.

Ese día llegó con sensaciones encontradas: la emoción de volver a casa con mi bebé y el pánico a que algo saliera mal. Mi felicidad duró poco, porque poco después apareció una fiebre altísima y nos vimos en el Hospital de Alcoy, enfrentándonos a más pruebas. El miedo volvió a cernirse sobre mí, pero finalmente todo quedó en un virus hospitalario. Volvimos a casa con aún más precauciones y, poco a poco, iniciamos una nueva rutina.

Ganaba peso muy despacio, y cada gramo que subía era una fiesta para nosotros. Siempre cargábamos con un arsenal de medicamentos: motilium, ranitidina, omeprazol, corticoides y ventolín. Llegó el momento de las papillas y los primeros sólidos, con el eterno pavor al atragantamiento. Aunque tuvo algún susto, él solito aprendía a resolverlos, y mi alma se iba calmando.

Ser madre de un niño con atresia de esófago es aprender a ser “madre-médico”: atenta a cada tos ronca que te hiela la sangre, sabiendo que la laringitis y la traqueomalacia son compañeras de viaje. Te acostumbras a revisiones constantes, a ingresos inesperados y, lo más triste, a veces te acostumbras también a miradas ajenas que no comprenden el porqué de su tos. Ojalá más gente supiera que los niños con atresia de esófago no contagian, solo viven con esa “tos perruna” que los acompaña siempre.

Hoy, a sus 12 años, Víctor es un campeón con mucha fuerza. Ha pisado quirófanos tantas veces que ya los considera parte de su vida, bromea con las enfermeras y escoge gorros divertidos para las operaciones. Su vida es tan normal como la de cualquier niño de su edad: ríe, sueña, corre y disfruta cada día.

Mirando hacia atrás, sólo puedo decir que somos guerreros . Esta batalla que no elegimos nos ha hecho más fuertes y nos ha permitido conocer familias maravillosas que comparten nuestro camino, nuestras dudas, nuestros miedos y, sobre todo, nuestras esperanzas.

Y si hay algo que no se me olvida ni un solo día es dar las GRACIAS infinitas al Dr. Alejandro Encinas y a cada uno de los profesionales que dedicaron su tiempo y su corazón a salvar la vida de mi hijo. Gracias también a la familia y a los amigos que, sin saber cómo, estuvieron ahí regalándonos apoyo, silencio o una simple mirada de consuelo.

Mi hijo nació para ganar esta gran batalla y, a pesar de todo, es un niño feliz que no se rinde jamás. Cada día con él es un recordatorio de que la vida puede ser frágil, pero, al mismo tiempo, tremendamente poderosa y hermosa.

Víctor

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